Me gustan las librerías pero, más que las que apilan best sellers como si fueran ladrillos, me atraen las librerías de saldo: las que ofrecen libros viejos, baratos y descatalogados. En una de ellas encuentro La muerte, una recopilación de escritos y poemas de Juan Ramón Jiménez con la muerte como telón de fondo. Lo abro y encuentro palabras como éstas:
¿Qué le pasa a una música que deja de sonar; qué a una brisa que deja de acariciar; y qué a una luz que se apaga? ¿Qué males les suceden? ¿Les pasa mal alguno? Muerte, di, ¿y qué eres tú sino silencio, calma y sombra?
¡ Crearme, recrearme, vaciarme, hasta que el que se vaya muerto, de mí, un día a la tierra no sea yo. Burlar honradamente, plenamente, con voluntad abierta, el crimen, y dejarle este pelele negro de mi cuerpo, por mí !
¿Por qué este espanto de la muerte? ¿No morí ya niño, no morí adolescente, no morí joven?
¡ Hermana de la vida, hermana de mi amor: la vida; bella lo mismo que ella; pobre hermana, tan triste, sin nadie que te quiera !
…y hundirse, con la frente descompuesta, en el oscuro “nunca” hondo.
Madre que nos espera, como madre final, con un abrazo inmensamente abierto, que ha de cerrarse un día, breve y duro, en nuestra espalda para siempre.
¡ Adiós, adiós ¡ ¡ Qué grato el irse, cuando se queda uno en todo !
Creo que, después de leer estos versos, puedo ver la muerte con otros ojos. A través de las palabras de J.R. Jiménez la muerte despliega una inesperada belleza. Pero al mismo tiempo este libro es, como todo lo que nos conmueve, un canto a la vida. A esta vida sin la que no sabríamos qué significa emocionarse.
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